En medio de mi búsqueda de la libertad y de mi identidad
apareció él, amor imposible y cercano, sexy y veterano, y tan inseguro como
yo. Eramos dos adultos que podíamos
mirarnos de igual a igual. Eramos dos niños perdidos, maltratados, rotos, y ni
siquiera lo sabíamos.
Por Alicia Misrahi
Cohibido por la diferencia de edad, venía a buscarme al
colegio-instituto, la jaula de la que siempre estaba dispuesta a escapar, y yo
me sentía feliz y orgullosa de su sonrisa tierna y seductora, surcada de
hoyuelos marcados, de sus manos sabias y creativas, de su cara de duro y su
corazón romántico, de su ternura, de su ingenio y de su voz. Se sentía culpable
por la década que nos separaba, pero yo, a mis 17, era indomable e invencible y
creía en el amor.