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martes, 27 de noviembre de 2018

Ardemos


En medio de mi búsqueda de la libertad y de mi identidad apareció él, amor imposible y cercano, sexy y veterano, y tan inseguro como yo.  Eramos dos adultos que podíamos mirarnos de igual a igual. Eramos dos niños perdidos, maltratados, rotos, y ni siquiera lo sabíamos.

Por Alicia Misrahi

Cohibido por la diferencia de edad, venía a buscarme al colegio-instituto, la jaula de la que siempre estaba dispuesta a escapar, y yo me sentía feliz y orgullosa de su sonrisa tierna y seductora, surcada de hoyuelos marcados, de sus manos sabias y creativas, de su cara de duro y su corazón romántico, de su ternura, de su ingenio y de su voz. Se sentía culpable por la década que nos separaba, pero yo, a mis 17, era indomable e invencible y creía en el amor.
Entre su amor que iba y venía en oleadas turbulentas, marea y resaca, descubrí la pasión, la magia de los besos, la locura de la música compartida y el humor ácido, peleón y cáustico a dos, limones en las copas, refugios y huidas de nuestra relación.


Cautiva entre sus brazos y mis deseos, fui loca hechicera, fue embrujador compañero, fui Semíramis de mí misma, fue cómplice certero, fui su bailarina privada, fui mi odalisca de mirada y destino fatal, fue vida y dolor, fue alumno y maestro.
Fuimos víctimas y verdugos, fuimos ilusión y castigo.
También aprendí, tarde, que querer significa saber decir “lo siento” y que no siempre es suficiente amar con locura, hasta el fondo del alma, hasta sentir tus caricias en su piel, hasta el llanto emocionado e incontenible.



Muchos años después, tras muchas vidas y con las diferentes personas que he sido vagando en mi interior, pugnando por salir, descubrimos que las hogueras nunca se apagan y ardemos, ardemos, ardemos, hasta convertirnos de nuevo mutuamente en cenizas, rescoldos reconcentrados de amor y dolor.
Y ardemos y ardemos y ardemos y siempre es tarde y el mañana es una nave sin rumbo y sin futuro, como un entierro vikingo.
Fuimos tú y yo y ahora no somos nada, pavesas en el desierto incandescente de nuestra pasión. Y esa niña rara, sola, rota, que fui llora de nuevo su soledad en su eterna lucha por la libertad.



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