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jueves, 21 de marzo de 2019

Anticipación y espera en el sexo


Las mujeres somos cambiantes en el sexo

A veces las mujeres deseamos tiempo y seducción, a veces queremos un rápido “aquí te pillo aquí te mato”. En ocasiones queremos dulzura y, en algunos momentos, un encuentro salvaje seguido de cariño o de una copa en un bar. O cualquier cosas que se nos ocurra
Las mujeres somos cambiantes en el sexo y en las relaciones. Algunas esperan que los hombres sean adivinos que sepan cómo se sienten en cada momento y lo que quieren.
Pero entre los muchos atractivos y virtudes de los hombres –algún día hablaré de sus defectos- no figura el poder de adivinación.

Por Alicia Misrahi. Página web: www.aliciamisrahi.com



El deseo es una fiera salvaje e independiente que hay que cuidar y espolear. Nada tiene que darse por supuesto.

Una de las cosas que más me gustan de Pepe (me refiero al más alto y robusto de los dos) es que me hace sentir tan cómoda que puedo ser yo en cualquier momento, espontánea y juguetona, sin que me juzgue o me sienta incómoda. Por su parte, él, tan juguetón como yo, secunda entusiasmado mis juegos y propone otros nuevos.



Dos amante traviesos

Hace unos días quedamos para ir a tomar algo. Le pasé a recoger y le pedí que se pusiera sus tejanos más viejos. Había estado pensando en ello toda la tarde y estaba muy excitada. No espero romanticismos de este Pepe, pero sí grandes dosis de acción y complicidad.
Estuvo a punto de negarse cuando, con los tejanos en la mano, le pedí unas tijeras para rajarlos en algunas zonas estratégicas.
Levanté un poco mi falda para mostrarle mis nalgas desnudas. Comprendió, sonrió, e intentó tocar mi sexo libre.
Le comuniqué las reglas de mi juego:
-Ahora no, vamos a salir. Puedes excitarme, puedo excitarte. Podemos tocarnos en público en cualquier momento, pero nadie tiene que darse cuenta.

Uhmmm esto es sexy

Para igualar nuestra condición, Pepe se puso sus tejanos directamente sobre su piel.
Un bolsillo delantero convenientemente roto, un estratégico corte en la zona de la entrepierna y un tajo en las nalgas garantizaban mi total y libre acceso a él.
Mientras bajábamos en el ascensor, sacó uno de mis pechos del escotado vestido. lo lamió y besó, presionó el pezón con sus labios y succionó. Poco antes de que el ascensor parara, él se detuvo. Salimos, más o menos, como si nada hubiera pasado.

Al cabo de un rato, era yo la que, mirando un escaparate, le tapé con mi cuerpo, restregué brevemente mis nalgas contra su sexo y deslicé una mano en su bolsillo. Le acaricié el glande con las yemas de los dedos mientras con la otra mano tocaba su fuerte y peludo pecho, que me encanta.


Dulce tentación

A veces era él quien me tomaba por sorpresa y hacía resbalar sus dedos por el centro ardiente de mi deseo. En una ocasión, no pude aguantarme más y le besé, primero con labios jugosos y ansiosos y luego, en profundidad. Para seguir con mi juego, me despegué de su cuerpo inmediatamente, dulce agonía de deseo que sabe que será ampliamente satisfecho.

En un semáforo, deslicé mi mano en la abertura que yo misma había hecho con las tijeras a la altura de su miembro y empecé a masturbarle con suavidad pero con firmeza. Gimió. No puedo garantizar que nadie se diera cuenta, según las reglas que yo misma había fijado, pero a esas alturas no nos importaba.


Compramos un helado de cucurucho y me sentí morir de placer cuando pasó sus dedos por el helado –de chocolate, por supuesto- y después por mi clítoris. Aun fríos, los dedos se deslizaron en mi interior. Luego, chupó los dedos, con evidente deleite, y empezó a lamer su helado mirándome a los ojos. Nos besamos de nuevo entre refrescante chocolate.

Después de una hora de paseo, de charla y de travesuras, no pudimos esperar más y nos fuimos a un hotel. Los hoteles no son tan caros cuando realmente vale la pena ;-)

Anticipación y espera… Dos preciosos ingredientes para un sexo de alta cocina y alto voltaje.




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