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lunes, 21 de mayo de 2012

Y primero fue la luz

 ¿Basta con poner el mundo a los pies de alguien para que te ame? ¿Qué esperan las personas que lo dan todo en el amor? ¿Y las que, como el hombre de este relato, aparentan darlo todo cuando en realidad lo que hacen es pedirlo todo? ¿Puede existir algún final feliz?

Y primero fue la luz
Primero fue la luz. La deslumbró de tal manera con sus trajes cruzados de tres botones (o dos, nunca había sido una experta en moda), sus zapatos impecables, sus andares y modales de caballero, su sonrisa destelleante, su conversación fluida, sus interesantes comentarios, sus teorías, sus (un poco) largas opiniones sobre el mundo en general y sobre todo en particular…

Alicia Misrahi, escritora y periodista: www.aliciamisrahi.com

La agasajaba con una ternura envolvente. Le abría la puerta, la dejaba pasar primero siempre –a no ser que considerara que hubiera un peligro, pues entonces, como un caballero, pasaba primero para asegurarse de que todo estaba bien-, la cogía suavemente de la cintura para guiarla o para embrujarla. Él era algo mayor que ella y tenía varios mundos para ofrecerle. Parecía dispuesto a dárselos y a protegerla y a cuidar de ella.
“Tú no te preocupes de nada –solía decirle-, déjame a mí”.
La alumbró y la iluminó de tal manera que sólo podía verle a él.



El segundo día fue el cielo. Como amante era tan atento como cuando ejercía de caballero, mentor, maestro, pigmalion y líder espiritual.
“Déjate hacer, no te preocupes de nada” –solía decirle, Y le daba placer.
Ella estaba subyugada por él, aunque le parecía demasiado maravilloso para que fuera verdad. ¿Por qué se había fijado en ella un hombre de mundo como él que podía conquistar a cualquier mujer?



Luego fueron las flores. Como si el hubiera notado sus reticencias, sus más ocultos temores, sus dudas… la agasajó con un mar de flores de todos los colores que inundaron su casa. Muchos ramos de pétalos variopintos, fragantes y aterciopelados, y, sobre todo, multitud de macetas de plantas exóticas, vivaces y originales que convirtieron la gran terraza de su casa en el vergel que siempre había soñado.
Le regaló el paraíso.
Al cuarto día la llevó a pasear bajo la luna y se la ofrendó junto a su corazón. “Soy un lunático” –dijo-, pero si me aceptas, soy tuyo”. Él fue rayo de luna en su perdida soledad.
Y se convirtió en la luz de su vida, en su lucero, en su faro… en el sol en torno al que giraba.



Al quinto día, voló con ella por el cielo y la convirtió en ave pasajera. Se fueron juntos a dar un cuarto de vuelta al mundo como celebración de su matrimonio. No tenían tiempo de hacerla entera, los múltiples compromisos de él en el trabajo limitaban el tiempo que podía ausentarse. Era un hombre importante, un pez gordo de los negocios.
Nadaron como locos peces de colores entre corales, amándose y sorprendiéndose de todo lo que tenían en común.
En el sexto mes le regaló un precioso afgano. Alborozado por su felicidad, le declaró que le encantaba verla correr feliz en libertad. La tenía totalmente cautiva de sus encantos, ella se limitaba a sentir sin pensar y era feliz. “Te quiero demasiado”, le declaraba él, o “eres todo para mí”.
Al séptimo día él descansó. En teoría para disfrutar de todo lo que habían conseguido juntos.



En la segunda, época, la de destrucción del universo tal como lo conocemos, primero fue la oscuridad: la privó progresivamente de algunos de sus amigos e incluso de algún familiar “No necesitamos a nadie más” –decía mientras la encerraba en casa a base de cadenas y candados, físicos y mentales. Y se hicieron las tinieblas, no había nadie al otro lado de la ventana.
Ella, íntimamente enfadada, le llamaba mentalmente “lumbreras”. Una vez se le escapó en voz alta. Él alzó una ceja inquisitiva para preguntar y ella, acobardada por no querer defraudarle o quizá para que no la riñera, masculló: “Nada”.

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