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martes, 9 de agosto de 2011

Pe. Elogio de la pereza

De mi amigo Jesús de Cos, caballero en un país en el que se está perdiendo la caballerosidad, caballero en una corte de zapateros y tenderos. No lo dice él, lo digo yo.

Pe. Elogio de la pereza

"Hace mucho tiempo que tenía intención de escribir este libro, pero no lo he hecho porque, como podrán suponer, me daba pereza. A decir verdad, en este momento me estoy planteando si vale la pena tomarme el trabajo de escribir folios y folios sobre un tema que domino en la práctica pero del que apenas tengo conocimientos teóricos, psicológicos, sociológicos y menos aún filosóficos.

De hecho, he estado postergando la escritura de esta cosa (ya veremos si obra) porque me creía obligado antes a hacer una investigación detallada sobre la pereza en todos sus aspectos, y después reflexionar por mi parte sobre la pereza tanto, por lo menos, como Henri Bergson reflexionó sobre la risa. Sin embargo, por fin he comprendido la contradicción de mi empeño: quería escribir sobre la pereza y me daba pereza hacer lo que tenía que hacer para estar en condiciones de hacerlo. Me ha salido una frase que no hay quién la entienda, esto marcha, empieza a parecer un ensayo filosófico.



En fin, que voy a escribir sobre la pereza lo que me salga, aunque no sea la obra completa, rigurosa, documentada y pesada que me había propuesto en su día. Quizá sea mejor así, porque dada la actual extensión de mis conocimientos sobre el tema, éste será un libro corto: menos trabajo para mí y para el lector. Además, si lo escribo es porque (todavía) no me da pereza, sino que me apetece; lo contrario de la pereza no es, como sostiene el dogma religioso, la diligencia, sino la apetencia. La diligencia, aparte de una peli de John Ford, es un coñazo. Mientras me apetezca seguiré escribiendo, y cuando me dé pereza, lo dejo, pues sería una hipocresía estar defendiendo la pereza si me diera una pereza enorme hacer esta defensa. Si yo fuera capaz de semejante felonía, defender una cosa y hacer la contraria, me haría abogado o me dedicaría a la política.


Lo más difícil ha sido encontrar el título. Antes eso de los títulos no era tan problemático. Si uno quería escribir sobre cualquier tema, digamos la pereza, pues llamaba a su obra "Ensayo sobre la pereza", "Historia de la pereza", "Notas sobre la pereza" o –si le daba pereza escribir tanto–, lo llamaba "Pereza", o mejor aún, "Pe". Sin embargo, en nuestros días el título es muy importante, y ello por dos razones. La primera, comercial.



Los expertos en mercadotecnia han comprobado que para que un libro se venda (y yo pretendo que se venda este libro para ganar mucho dinero, porque la codicia también se opone a la pereza), para que un libro se venda, decía, debe cumplir uno, varios o todos de los siguentes requisitos:

- Que no sea un libro.

- Que su autor no sea escritor, pero que sea famoso. Vende mucho más un famoso que escribe que un escritor famoso. Me da pereza poner nombres, pero piensen ustedes en ello y enseguida encontrarán muchos ejemplos. Es más, hay escritores muy famosos cuyo mayor orgullo es vender poquísimos libros. Y hacen bien. No está hecha la miel para la boca del asno. ¿Por qué digo esto? No lo sé, ¡no querrán que lo sepa todo! Supongo que lo digo para que no se cabreen los escritores famosos que no venden. Pero es una pretensión ingenua por mi parte. Los escritores famosos que no venden están siempre cabreados.



- Que sea un bestseller. Éste es uno de los asuntos más complicados. Un bestseller es un libro que ya se ha vendido muchísimo y, debido a ello, se vende mucho más, pero ¿cuándo empieza la cadena de venta? Sospecho que algunos editores compran los primeros 100.000 ejemplares, y así pueden poner en la faja de la siguiente edición "100.000 ejemplares vendidos", y de este modo venden 300.000 más. Es una idea que anoto aquí, sobre todo por si a mi editor le convence y la pone en práctica con este libro.

- Que haya ganado un premio literario.

- Que tenga un buen título.

De todos estos argumentos de venta, el más importante es el del título. La gente, dicen los mercadotécnicos, compra el libro por el título, ya sea porque éste les hace gracia, ya sea porque les parece un regalo adecuado para un amigo. Supongamos que el libro se llama, por ejemplo, El conde de Montecristo, podemos regalárselo a ese amigo aficionado a los puros habanos, y nos libramos de la pereza que nos da pensar un regalo que le vaya a servir para algo.

Total, en esta sociedad consumista, todo el mundo ya tiene de todo, y hasta incluso resulta ofensivo regalar algo práctico; imagínate que le regalas a un amigo, no sé, unos pantalones; corres el riesgo de que piense "¿qué se habrá creído este tío, que no gano para comprarme pantalones?" La única excepción es un jamón. Aunque práctico, el jamón siempre es bien recibido.



Pero, volviendo al título, lo más importante de todo es que el título te incita a comprar el libro, pero no te obliga a leerlo. De hecho, lo mejor de muchos libros, y no sólo lo mejor, sino incluso lo único bueno, es el título. Después abres el libro, empiezas a leer, y al poco rato no puedes contener los bostezos. Lo pones en una estantería y te olvidas de él para siempre, pero al menos el título te ha hecho gracia.
De vez en cuando relees el lomo, inclinando la cabeza, y te dices "qué buen título". Y, como le has dedicado tan poco tiempo a la lectura de ese libro, es probable que pronto te compres otro, aunque sólo sea por el título.

Llegados a este punto, propongo que, en el futuro, se vendan libros que sólo tengan el título; las hojas de dentro, que las dejen en blanco, y pueden servir como bloc de notas. De este modo los escritores perezosos tendríamos menos trabajo, y los lectores tendrían dos cosas útiles: un buen título y un bloc de notas. Es más de lo que obtienen ahora."

Hasta aquí llega el texto de mi amigo Jesús. Cuando le dije: "pero termina abruptamente, está sin terminar" me contestó: "como todo lo mío".
Espero que me pase más textos...! No es cierto que no termine nada :-D



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